miércoles, 7 de diciembre de 2011

La marcha

Deja que las medias decidan si vale la pena volver a intentarlo. El pañuelo en la frente. Que se vea la cara. Sale revuelto de panfletos. Anticipa los gritos. Sus manos sudadas. 
Ni bien gira la esquina, encuentra a su garganta. Las voces se concentran. Se entrecruzan bombos y pancartas. Los pasos contornean el asfalto. Apiñan esperanzas. El viento estremecido por estrofas de pedidos. El recuerdo de los muertos que todavía reclaman. 
La masa toma forma de estribillos. La furia en altavoces y pintadas. Cada tanto un flash. Un periodista furtivo. Un balcón de sonrisas cómplices vuela flores sobre la multitud. Otro fotógrafo caza caras en las sombras. Cantos enardecidos. Se rumorea a gritos. Esta vez puede ser cierto.
Cuando llegan al puente el camino se estrecha. El estruendo de una muerte se dispara. Puede sentirla en la corrida de la gente. En sus rodillas dobladas. Siente el frío de unas suelas. Su espalda aplastada. El metal que lo golpea. Respira difícil. Su sangre se apaga en el silencio. En la calle abandonada. 

Los deditos


Como le habían prohibido pasar más allá del vestíbulo, allí estaba, agazapada en el alféizar de la ventana del comedor. Es difícil aventurar qué hubiera pasado si aquella prohibición no hubiera sido tan tajante. Pero su familia es muy estricta. Y una cosa lleva a la otra.
Su estatura le impedía ver más allá del respaldo de las sillas. Pero no importaba. Le parecía divertido el vuelo de las bandejas con manjares que se pasaban de mano en mano. Sentía que podía pasarse horas en la ventana. Se quedaría allí con su oreja pegada al vidrio hasta descifrar toda la liturgia de esa fiesta de mujeres sin marido: El cumpleaños de su bisabuela.
Un murmullo, interrumpido cada tanto por risas, le obligaba a agudizar el oído. Pero el esfuerzo bien valía la pena. Parecía ser que la  bisabuela había sido capaz de hacer crecer deditos en una de sus cincuenta macetas. Deditos misteriosos. Decían que eran deditos de Dios. Qué bueno sería llenar de dedos todos los rincones del mundo.
Se podría empezar por este jardín, pensó. Porque allí están. Son esos racimos verdes que desbordan de la maceta roja. Gorditos. Turgentes. Los partís y sale agüita. Los aplastás y te chorrean los dedos. Fáciles de cortar. Empujás con tu dedo la tierra para hacer un lugar. Cortás un dedito. Lo metés en el hueco. Y así vas llenando todo. Deshojás la planta para llenar el mundo de dedos. Uno  en cada maceta del pasillo. Y después, el cantero. Todo el borde lleno de deditos. Y ya se ve el tallo pelado de la planta que los acaparaba.
Ahora hay un dedo en casi todos los rincones de este jardín, al cuidado de cada una de las otras plantas. A veces plantado prolijo. Otras veces aplastado. Pero no importa. Porque podemos ir a buscar más. 
Al final de la fiesta, cuando la bisabuela salga al patio para mostrar la planta nueva a sus amigas, nos esconderemos. Atrás del helecho. No importa que grite y ponga los ojos del diablo cuando no encuentre a su planta favorita. Porque los dedos ya están por todos lados. Y aunque la bisabuela llore y despotrique contra nosotras pronto no habrá lugar en el mundo que no tenga su dedo propio. 

lunes, 3 de octubre de 2011

Glifosato

La familia Fontanellaz esperaba la llegada de gemelos, pero perdió uno de ellos en la semana 33. El padre intentó frenar la última fumigación el 9 de septiembre, sin éxito. La mamá, María Luisa, ahora está a punto de dar a luz.
Diario Tiempo Argentino, 30 de septiembre  de 2011

Los hombres cultivan la muerte en glifosato. La riegan de codicia. Desprejuiciados. Todos los días. Sobre la vida de los que viven resumidos de abandono y desapego.
La lluvia denuncia el desconsuelo de un útero. Su ruego desperado. Inútil. En la tierra corroída por la desidia, la semilla es devorada por el fuego. Los brazos acunan culpas. Los rostros acunan los entierros de una canción de cuna envenenada. Un latir enmudecido. Un nuevo ángel en el cielo.
Queda la incógnita de tu voz apagada en el vientre. El abrazo no dado. El juego perdido. Completo de infiernos y de anzuelos clavados en el pecho.

martes, 13 de septiembre de 2011

Poema I*


me da bronca conectarme con la bronca

la que apaga mis tonos
la que cierra mi garganta
la bronca que me mete para adentro
la que crece         parásito
en el temblor de mis manos
en la parálisis de mis pies

la bronca de mi pelo electrizado
chispeando de broncas
chirriando nocturno entre mis dientes
que arañan la bronca de mi piel

la bronca que reflejan mis ojos vidriados
la que ya no aguanta más
que grita por salir
la bronca liberada
el zapateo en mi nariz
la adivina perspicaz
la bronca de las broncas dispuestas en batalla
la bronca que sucumbe empantanada en vino
que se burla de todos
gritando

la bronca que distraigo con mi llanto
la bronca que confundo en la locura
se guarda en mi bolsillo hasta mañana
embroncada



*La versión final de este poema se concretó gracias a los aportes y sugerencias de Sebastián "El Zaiper" Barrasa a quien agradezco el continuo estímulo

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La marumba

Se decía que la marumba llegaría del oeste. Algunos creían haber visto algo en esa dirección varias semanas atrás. Del otro lado del puente, cerca de las vías, se la podía sentir muy cerca.  Había logrado cruzar la autopista. No se sabía bien cómo. Pero el asfalto tenía todo el aspecto de haber sido pisado por la marumba.  

Había quienes aseguraban haberla visto en la fábrica abandonada. Parecía disfrutar de la luz de la tarde mientras dormía trepada al techo, abrazada a la chimenea. Dicen que trataron de convencerla para que se quedara allí donde no molestaba a nadie. Pero el intento había sido inútil. Ni bien despertó, se deslizó por las paredes y ocupó toda la calle que tomó el color de la marumba.  Inevitable.

Otros la vieron correr  por los cables de la luz. Colgarse de los semáforos. Sacudir furiosamente las copas de los árboles. También hubo un incendio en una plaza y varios presumieron que había sido ella.

Pensaron que al llegar al canal se detendría. Pero no. Era mentira aquello que se decía. No le tenía miedo al agua. Para nada.  Pronto se dieron cuenta. Se escuchaba un silbido en las cañerías. Los que sabían del tema podían reconocerlo. Se parecía mucho al canto de la marumba.

Entonces decidieron encerrarse. Se quedaron callados y quietos. Contuvieron sus risas y los llantos. Para no molestarla.

Pero la marumba entró igual. Se expandió hasta ocupar todo el espacio de ese lugar que le gustaba tanto. Allí donde el agua cambia de color. Donde el deseo se entrelaza con la razón. Se escucha el eco de su voz. En la mente de los hombres.


sábado, 3 de septiembre de 2011

Diccionario de disparates


apretador de abrazos: dispositivo colocado en la parte dorsal superior del sujeto abrazador para ajustar la apertura y presión de sus brazos hasta ofrecer máxima satisfacción en la espalda del sujeto abrazado.
esperador de uno o dos días: tarima regulable que permite acomodar las partes cansadas del cuerpo por 24 o 48 h  a fin de aguardar el tiempo oportuno para volver a cansarlas.

gritador de puntos: accesorio pedagógico que se dispone en la garganta de algunos docentes de lengua a fin de garantizar la comprensión del concepto de oración en alumnos del primer año del nivel inicial primario y que es también usado en universidades para evitar que los estudiantes de letras o edición no cometan este tipo de errores en la edición de libros como por ejemplo diccionarios

invadidor de vorágines:  elemento perturbador inesperado que logra distraer la atención de un sujeto de aquellas tareas vertiginosas que lo ocupan a diario.

manual de desolación: compendio de protocolos alternativos que pueden aplicarse sobre individuos aislados o grupos de personas que desean vivenciar la sensación simultánea de desesperanza y soledad.

repartidor de miradas: esfera de cristal ultra biselado que permite la distribución del mirar de un sujeto desde cualquier punto fijo de la superficie terrestre hacia infinitos puntos móviles del universo.
mirada repartida: a- Dícese del mirar que quedó distribuido entre infinitos puntos móviles del universo. b- Biol. tipo de visión compleja desarrollada en algunos animales de curiosidad incontrolable que provoca la distribución difusa y desordenada de su mirar en múltiples direcciones.

ojos de cremallera: síndrome ocular antiestético e indoloro producido por el trenzado casual de las pestañas del párpado inferior con las del párpado superior.  

trasfondador de bromas: criba diseñada para filtrar la estructura sintáctica y el valor metafórico de un chiste a fin de establecer su asociación con la realidad y determinar el sentido e intención última del mismo. 

Homogeneizador de belleza: Sin.- Emparejador de bellos. Procesador analítico de atributos faciales y corporales que permite uniformar la apariencia entre personas bellas y feas. Consta de una escala de belleza incorporada para determinar la ubicación relativa de dos o más personas tomadas al azar de una población y determinar el punto intermedio entre ellas. Permite equilibrar el promedio de belleza colectiva y la máxima desviación individual tolerada en una población a fin disminuir problemas de convivencia relacionados con el narcisismo de los bellos y la baja autoestima de los feos.

Amanticida catalítico: Rociador de emociones ambiguas y discusiones inoportunas que acelera la transformación de situaciones amorosas poco definidas en estados de calma y soledad.

Destilador de burócratas: Aparato diseñado para volatilizar funcionarios dedicados a entorpecer la vida cotidiana con trámites superfluos y excesiva formalidad. Cuando la rigidez de los criterios del funcionario supera los límites tolerables por la razón humana el dispositivo se abre y el funcionario es aspirado con fuerza.

martes, 30 de agosto de 2011

Domesticadores de sueños

Ya no me acuerdo cuándo decidimos soñarnos cada noche en un sueño distinto. Dudamos un poco al principio pero al final nos convencimos. Lo mejor era soñarnos. Nos soñaríamos solamente entre nosotros pero distinto cada vez. Comenzamos con la única promesa de soñarnos sin recuerdos del día. Nunca debe permitirse que lo mundano se intercale en los sueños domesticados. 

Al principio fue complicado porque los sueños que empezábamos a domesticar solían rebelarse, sin ningún aviso previo, en cualquier tipo de pesadilla. La última conversación de la cena, el olor del desayuno, alguna anotación en una agenda. Cualquier detalle cotidiano que nuestra mente desprevenida improvisara podía hacer que el mejor intento de domesticación desembocara en el espanto. 

Otro desafío fue aprender a circular entre otros soñadores. Nosotros, todavía inexpertos, teníamos que decidir, probar, medir, sentir el cielo que abarcaríamos hasta confirmarnos en el mismo sueño. Doblar un poco el sueño propio para que pudiera domesticarse a tiempo con el del otro. Apurarnos. Porque el tiempo para soñarnos nos alcanzaba justo antes de despertar.

Así seguimos, con mucha constancia, practicando durante varios años el arte noctámbulo de la domesticación. Sin desalentarnos, combatimos incansables la invasión nocturna de recuerdos inútiles que quería separarnos y hundirnos en el despertar. Hasta que, al final, el soñarnos funcionó. Hoy somos domesticadores de sueños. Y casi nos olvidamos del tiempo cuando andábamos despiertos.

jueves, 11 de agosto de 2011

Amparo

Viví en un fundo cerca de Lautaro. Un pueblito a treinta kilómetros de la capital regional. Recién llegada me di cuenta que no había perros. Solamente dos pequeños que trajeron conmigo. Un hombre parecía dispuesto a cuidarnos. Con el tiempo me aquerencié al lugar.

A veces me alejaba de la casa porque me llamaban desde lejos. Todavía no entiendo bien por qué. Pero escuchar ese llamado a través del viento me despertaba un deseo irrefrenable de correr.

Hasta que un día alguien me tomó del cuello. Me encerró en un galpón y me ató con una cadena. No pude zafarme. Los dolores en el cuello se hicieron tan fuertes que dejé de sentir hambre o sed.

Pude escaparme una noche que sentí un tirón. Alguien se había llevado la cadena. Me deslicé como pude por debajo del alambrado y comencé a arrastrarme por el campo. Llegué al costado de un camino y allí no pude más. Decidí abandonarme en el hueco de un árbol.

Me sobresalté por el ruido de autos y una multitud de gente que me rodeaba. Un hombre me acariciaba mientras explicaba que me había encontrado moribunda al costado de la ruta. Decidieron adoptarme para que ayude a cuidar los autos. Al cabo de unos meses pude recuperar mis fuerzas y estuve en condiciones de trabajar. 

Fue entonces cuando apareció mi antiguo dueño. Me invadió una alegría tan grande cuando me llamó por mi nombre que corrí enseguida hacia él.

Cuando volvimos a casa pude comprobar que mis dos compañeros ya no estaban. Quedamos sólo él y yo para cuidarnos. Sobre todo en los días de viento. Cuando escucho otra vez esas voces. Y siento deseos de correr.

Entonces él me ata con la cadena. Sin decirme nada. Me deja sola y vuelve a sus cosas. Sin explicarme por qué.

martes, 9 de agosto de 2011

Amor sin respiro


Cuando el frío se desliza entre mis vértebras y empiezo a temblar frente a tu voz me propongo cambiar para dejar de sentirte tan mío y no sentirme tan tuya aunque se que mañana volveré a repetir este ritual cuando te vea entrar distante en tu frialdad e igual que hoy me propongas algo tan simple como una taza de té que probaré guardando para mí esta sensación única de saber que otra vez estás ahí y yo acá sin poder tocarte u olerte pero con este deseo tan profundo de huir y escaparme para siempre de tu lado.

miércoles, 15 de junio de 2011

Término


Corroído por los azotes del pasado discurre partido en pedazos por el escabroso desfiladero. Deja caer su grito zozobrante de ecos.  Pensamientos licuados entre sombras que lo llaman a  reconocerse a sí mismo en el dolor de su cuerpo sangrante y en el latir de su cráneo ofrecido al universo. Se desgrana inspirado contra las rocas inmutables que quedarán como testigo único. Impregnadas para siempre de sus recuerdos amados.

En la infinita soledad de su partida deja entrever una rara valentía que jamás supo tener en vida. Es el último aliento que lo acompaña hasta el río para un furioso bautismo. Mientras la vida redime su sacrilegio en un junco de la orilla que se dobla por el viento. Cuando un pájaro remonta vuelo y un abejorro visita otra flor.

domingo, 16 de enero de 2011

Amor de árboles

Ahora que he sentido la savia de tu espíritu elijo cobijarme en tu follaje. Aproximo mis raíces para que toquen las tuyas. Me alegro por compartir mis frutos y que sientas mis flores.  Mientras te pienso como árbol deseo que en nuestras ramas puedan anidar los pájaros. Que juntos podamos sentir el calor del sol y las gotas de rocío por la mañana.  Compartir el tiempo y vivir el misterio de las estaciones. Aún cuando el cielo se vea ensombrecido por aquella parte de nosotros que todavía se empecina en no creer. 

Los árboles aprenden a amar en días de viento.  En el silencio nocturno del bosque. Cuando descubren una sincronía en el estremecer de sus ramas y en el latido de sus troncos.