Opus Lógico estaba agarrado al elástico flotante desde hacía varias horas. Sabía que eso era lo que debía hacer para cruzar el vado en las noches de tormenta. Después de evaluar muchas alternativas, había llegado a la conclusión de que canapear el barro era lo mejor desde el punto de vista probabilístico. Dos de cada tres veces todo salía bien. Debía aferrarse fuertemente al entramado del elástico porque ese entretejido medio abierto dejaba pasar algunas burbujas de aire que quedaban atrapadas entre las hebras. Debía clavar las uñas allí, justo en el cruce perpendicular entre dos hebras, y entonces las burbujas hacían el resto. Era una cuestión de física pura que hacía que el elástico se desplazara sin dificultad.
Sin embargo, bien sabía Opus que canapear también tenía sus bemoles. A veces el barro se distribuía en una secuencia de circunvoluciones apelmazadas que le había tomado mucho tiempo elucidar. Recién ahora, después de afanosos años de experimentación y deducciones, había logrado interpretar el orden correcto en que debía canapear. Si el barro se ponía muy espeso, así era como debían ser las cosas: pasada la primer etapa de giros, había que canapear hasta cruzar el vórtice siguiente justo a ochenta grados, de allí seguir un poco hacia la izquierda, pasar de costado hasta la próxima zanja, continuar en paralelo hasta la siguiente huella, hasta toparse con el último surco que lo hacía girar sobre sí mismo tres veces. Todo esto permitía avanzar unos cuantos centímetros por día sin perder el control de la respiración ni disminuir la velocidad del canapeo en ningún momento.
Mientras repetía el protocolo, colgado del entretejido, sintió el placer de saberse un experto. Sabía que podía canapear absolutamente todos los caminos de barro existentes en el universo. Podía recordar perfectamente cada uno de sus recovecos Entendía todas las asociaciones entre caminos principales y secundarios y podía mapearlas mentalmente. Podía elucubrar horas sobre el entramado del elástico sin perder por un instante el equilibrio de su canapeo.
En cambio, cuán distinta había sido la suerte de su hermano Opus Azar (esta familia usaba el apellido por delante nadie sabe bien por qué). Impaciente y atolondrado como pocos, Opus Azar se dejaba llevar por todos los avatares que esta mezcla espesa de agua con tierra le presentaba. Sin cuestionarse nada. Sin usar ningún elástico, quedaba sometido a los embates furibundos de las tormentas más extremas. Volaba por los aires y aterrizaba en cualquier lugar. Para él todo era una cuestión física. Corporal.
Hacía rato que había decidido no perder más tiempo. Cada vez que había intentado explicarle las ventajas de ir y volver siempre por el mismo camino, su hermano levantaba las cejas como si escuchara otro idioma imposible de comprender. Su hermano se salpicaba de barro. Se ensuciaba de tierra. Chapoteaba en los charcos que lo sorprendían por todos lados. Inútil explicarle todas las razones fundamentales, las ventajas accesorias o el valor agregado de aferrarse al elástico flotante.
Era evidente que su hermano tenía un serio defecto en su personalidad. Desde aquí podía reconocerlo perfectamente. Seguía empecinado en revolotear por ahí sin entender razones. Insistía en desafiar todas las leyes de la física. Como ahora. Estaba completamente decidido a jugar con ese par de alas nuevas que nadie sabía cómo le habían crecido. Insistía en jugar con las alas sin conocer las reglas más elementales subyacentes a su complejo mecanismo de funcionamiento. Simplemente las movía y no hacía otra cosa que sonreír. Con esa sonrisa irresponsable, casi grotesca, que siempre dibujaba en su cara cuando pasaba enfrente suyo. Como si fuera factible dejarse llevar por ese capricho de actuar sin entender demasiado. Como si fuera posible volar con sólo desearlo.