sábado, 21 de abril de 2012

La valija


Si no hubiera sido por su silencio la valija se cerraría sola. Si lo hubiera dicho. Pero no: la valija espera abierta. Verde, de estilo clásico, con cierre, rueditas y un candado pequeño. Un rompecabezas de libros acomodado en el fondo. Apuntes desordenados. Sobre éstos, la ropa imprescindible. Música de Jaime Roos, Luis Salinas y la Negra Sosa. Un corazón de papel garabateado de despedidas. Fotos familiares preparándose para viajar incómodas.

Pero faltaba algo. De entrada no lo encontré. Dimos vuelta todo. No hay ningún quedate. Revisamos la tapa. Acomodamos varias veces. Revisamos los bolsillos. Ningún te quiero. Ninguna promesa de venir. Ni siquiera en el bolsillo más pequeño.

La valija espera. Espera a que yo termine de acomodarla. Y yo la espero a ella. Quisiera que se acomode sola. Si no fuera porque no tengo ganas de irme seguramente se cerraría. Si no fuera porque hoy me voy. Si no fuera por su silencio empecinado…cómo me gustaría que dejáramos de esperar. Basta. Cerrémonos de una vez. Si no fuera porque ya no estoy aquí. Si hubieran sido sólo mis ojos los que se van. Si me diera vuelta. Si dejara de mirarla. Se cerraría sola. De una vez por todas.

Cuando llega la hora nos ayudan. Acomodan el último abrigo. Un poco más de música. Creen que extrañaré. Mi valija cerrada. ¿Volveremos pronto? No lo sé. Me agarra firme de la mano. Subimos al auto rumbo a Ezeiza. Hubiéramos esperado un poco más. Pero no vale la pena.

Un hombre espera en el andén


Sus pies, pegados al piso. Se agujerean. Se desarman. Se derriten. Tironean. Su rostro,  petrificado. Se desvanece en una mueca. Busca una respuesta. Su mirada, incierta. Se enreda en las vías. Se encarna de rabia. Dibuja su nombre en un papel. Hace un barquito. Lo tira en el charco. Va y viene delineando el reflejo del cielo. Gira. Se confunde en un torbellino. Con la punta del pie lo trae de vuelta. Lo rompe en mil pedazos que navegan solitarios en el viento de la espera. Ve la ventanilla que corre hacia él. Retuerce sus manos: ella espeja lentejuelas. Estrellas bordadas por otro. El andén arrastra su cuerpo hundido de celos. Anclado en el llanto. Mira el reloj. Piensa en el tiempo. Sus ojos corren hacia atrás. Sus párpados vibran en la dirección opuesta. Brota. Desea. Sueña que desaparezca. Que se la trague la tierra. Se saca los gritos que parasitan su estómago. Se revuelve el corazón. Le quita la ropa. Le arranca la piel. La destroza con cuidado. Traga saliva. Despega los pies. Camina. Se sube al tren. Divaga por el infierno cotidiano de su ausencia.

miércoles, 18 de abril de 2012

Cotidiano



El ochenta y cuatro a las cinco de la mañana camina empedrados. Se las ingenia para descifrar su recorrido entre calles que tanto se parecen. Los asientos viejos balancean espaldas dormidas. Los sueños de la noche, tan próxima todavía, se estiran a media luz. El colectivo con olor a encierro tirita vueltas hasta llegar a Constitución. El tiempo justo cuenta semáforos.

Al pisar la estación se imponen las corridas. A las seis sale el tren a La Plata. Sólo cinco minutos para sacar boleto ida y vuelta. Y hay que saltar para subir con el tren en movimiento. Para cazar un asiento en un vagón con luz y abrir los apuntes sin perder más tiempo.

El vagón avanza despacio mientras las ventanas se pintan de fucsia. El amanecer se escabulle entre murmullos que rezan el aparato digestivo de un camarón. Un boceto de la boca ventral cubierta de apéndices traquetea sobre las faldas. El invierno se filtra por una ventanilla rota. El viento vuela las hojas de una carpeta.

Pero su viaje dura poco. Un par de guantes sin dedos las traen rápido de vuelta. Se entremezclan con apuntes de otras materias. El viaje sigue. Imperturbable a todo.

Quilmes. Silbato. El tren se detiene La esperanza de conseguir asiento se acaba para los que subieron en Avellaneda. No baja nadie. Sube más gente. El camarón circula de mano en mano Ocurre ese instante irrelevante en que todos miran al tren. Arranca de vuelta. De la boca se pasa al esófago corto que desemboca en una amplia cámara cardíaca y una cámara pilórica posterior, más pequeña.

Seis y cuarenta. El tren se frena de golpe. Hay demora. Otra vez, como ayer, como antes de ayer,  como antes de antes de antes de antes de… A la siete, un silbato anuncia que arranca. Lagunas repletas de garzas pasan demasiado rápido como para poder identificarlas. Allá va la de pico amarillo y patas negras. Más lejos parecía volar una garza azulada.

El arribo a Berazategui se anuncia por altavoz. Falta poco para La Plata. No más de cuarenta minutos. El poco tiempo intima a prestar más atención al camarón.

El tren sigue repleto cuando el cartel de Hudson asoma por la ventana. En esta estación no para. El camarón tampoco. Este crustáceo detecta el alimento por quimio-recepción. Lo busca con sus receptores antenales. Y cuando lo encuentra lo degusta con los receptores presentes en pereiópodos y apéndices bucales. El andén desierto se esfuma como un vago recuerdo. Empieza a  correr el campo abierto. Un golpe seco debajo del piso. Siempre es mala señal. Nunca falta algún egoísta inoportuno que decide morir justo cuando todos estamos apurados. Pero no. Esta vez fue una vaca. El tren se detiene. Se frenan las copas de los árboles. A las siete y media anuncian que no seguirá. La vaca se desangra debajo del primer vagón descarrilado.

La angustia se descuelga de los estribos y cruza las vías para llegar a la avenida. El campo atravesado de cardos. Los pies empapados en los charcos. A las corridas.  Para hacer dedo en la banquina. Esperar que pase La Costera. Quizás pare. Quizás venga repleta y siga de largo.

A las nueve y media de la mañana, las caras de resignación llegan a la estación de La Plata. Cientos de personas en el andén. Todavía esperan.

La disyuntiva es hacer la cola para pedir el certificado, o seguir corriendo. Corre. Hasta llegar al Museo. Primero aparecen los Smilodon. Indiferentes, como siempre, al costado de las escalinatas.  Los escalones pasan de a dos. El atropello entre las cajas de las geodas que se acumulan en el pasillo abre la puerta del aula en la cara del profesor: "Ahí  llegan los del tren. Tarde. Como siempre".

Pero los ojos no hacen caso. Se acomodan rápido sobre la lupa. Para ver lo único importante: el camarón de cinco centímetros de longitud. La imagen de su cuerpo prolijamente destripado justifica la vida tal cual es: el despertador a las cuatro, para tomar el colectivo a las cinco, para llegar al tren de las seis, para entrar al práctico a las diez.