martes, 30 de agosto de 2011

Domesticadores de sueños

Ya no me acuerdo cuándo decidimos soñarnos cada noche en un sueño distinto. Dudamos un poco al principio pero al final nos convencimos. Lo mejor era soñarnos. Nos soñaríamos solamente entre nosotros pero distinto cada vez. Comenzamos con la única promesa de soñarnos sin recuerdos del día. Nunca debe permitirse que lo mundano se intercale en los sueños domesticados. 

Al principio fue complicado porque los sueños que empezábamos a domesticar solían rebelarse, sin ningún aviso previo, en cualquier tipo de pesadilla. La última conversación de la cena, el olor del desayuno, alguna anotación en una agenda. Cualquier detalle cotidiano que nuestra mente desprevenida improvisara podía hacer que el mejor intento de domesticación desembocara en el espanto. 

Otro desafío fue aprender a circular entre otros soñadores. Nosotros, todavía inexpertos, teníamos que decidir, probar, medir, sentir el cielo que abarcaríamos hasta confirmarnos en el mismo sueño. Doblar un poco el sueño propio para que pudiera domesticarse a tiempo con el del otro. Apurarnos. Porque el tiempo para soñarnos nos alcanzaba justo antes de despertar.

Así seguimos, con mucha constancia, practicando durante varios años el arte noctámbulo de la domesticación. Sin desalentarnos, combatimos incansables la invasión nocturna de recuerdos inútiles que quería separarnos y hundirnos en el despertar. Hasta que, al final, el soñarnos funcionó. Hoy somos domesticadores de sueños. Y casi nos olvidamos del tiempo cuando andábamos despiertos.

1 comentario:

  1. Demasiado expresivo e intenso como para no introducirse en el mundo que propone, descripción que remite a los propios enigmas sin solución, el mundo del sueño y del deseo, inconsciente mezcla entre realidades e interpretaciones. Un verdaero gusto haber podido encontrar en este relato remembranzas de propias vivencias.

    ResponderEliminar