Se decía que la marumba llegaría del oeste.
Algunos creían haber visto algo en esa dirección varias semanas atrás. Del otro
lado del puente, cerca de las vías, se la podía sentir muy cerca. Había logrado cruzar la autopista. No se sabía
bien cómo. Pero el asfalto tenía todo el aspecto de haber sido pisado por la
marumba.
Había quienes aseguraban haberla visto en la
fábrica abandonada. Parecía disfrutar de la luz de la tarde mientras dormía trepada
al techo, abrazada a la chimenea. Dicen que trataron de convencerla para que se
quedara allí donde no molestaba a nadie. Pero el intento había sido inútil. Ni bien
despertó, se deslizó por las paredes y ocupó toda la calle que tomó el color de
la marumba. Inevitable.
Otros la vieron correr por los cables de la luz. Colgarse de los
semáforos. Sacudir furiosamente las copas de los árboles. También hubo un
incendio en una plaza y varios presumieron que había sido ella.
Pensaron que al llegar al canal se detendría.
Pero no. Era mentira aquello que se decía. No le tenía miedo al agua. Para
nada. Pronto se dieron cuenta. Se
escuchaba un silbido en las cañerías. Los que sabían del tema podían reconocerlo.
Se parecía mucho al canto de la marumba.
Entonces decidieron encerrarse. Se quedaron
callados y quietos. Contuvieron sus risas y los llantos. Para no molestarla.
Pero la marumba entró igual. Se expandió hasta
ocupar todo el espacio de ese lugar que le gustaba tanto. Allí donde el agua
cambia de color. Donde el deseo se entrelaza con la razón. Se escucha el eco de
su voz. En la mente de los hombres.