jueves, 6 de febrero de 2014

Los Amantes

Apenas se sintieron, se supieron amantes. Se aproximaron despacio. Tentados en la oscuridad. Impunes. Absorbieron la primera bocanada del otro y quedaron absortos en la tarea de respirarse. Se rozaron con la punta de sus uñas. Se inyectaron un sacudón eléctrico que los hizo flotar hasta encontrarse. 

Declararon la batalla. Él la despeinó con desenfado para provocarla. Amasó su cuerpo con fruición hasta que ella sintió que desmayaba. Derretida entre sus piernas, dejó chorrear su desnudez. Cuando empezó a sentir que estaba a punto de perderse, lo tentó con sus ojos para  que él sintiera el deseo de saborearla. 

Él se la tomó de a tragos. Sin prisa. Entonces ella aprovechó para abordarlo despacio: recorrió sus pulmones, caminó sus arterias, viajó colgándose de sus vértebras. Llegó a esconderse dentro de su ombligo casi sin que él se diera cuenta. 

Entonces salió por todos los poros de su piel y se enroscó alrededor de su cadera. Lo apretó con fuerza. Lo retuvo inmóvil. Cuando estuvo segura de ganar la batalla viajó hasta ese lugar que le faltaba conocer: su mente. Lo obligó a rendirse y él no tuvo otra opción que llevarla consigo para siempre.  No importa a dónde fuera.  

domingo, 18 de agosto de 2013

Presencia



como si fueras infinito
y volvieras
obstinado como un cazador hambriento
recurrente en mis anhelos
turbulento como el viento en una ráfaga
como brotado de fuegos
como el río apasionado que navego

posible como mi taza de café cada mañana
como un pensamiento inoportuno
o como las flores del desierto

vibrante como un destello eléctrico
como las notas que despierta tu guitarra
como la ansiedad  de nuestros sueños

petrificado como una cadena anudada entre mis pies
como si no hubieras podido partir
            o yo no te hubiera podido dejar
único como si fueras mi aliento
dibujado de círculos en un día de invierno

como si fueras la única lluvia que espero
así te siento
todavía

domingo, 28 de julio de 2013

Dos hermanos

Opus Lógico estaba  agarrado al elástico flotante desde hacía varias horas. Sabía que eso era lo que debía hacer para cruzar el vado en las noches de tormenta. Después de evaluar muchas alternativas, había llegado a la conclusión de que canapear el barro era lo mejor desde el punto de vista probabilístico. Dos de cada tres veces todo salía bien. Debía aferrarse fuertemente al entramado del elástico porque ese entretejido medio abierto dejaba pasar algunas burbujas de aire que quedaban atrapadas entre las hebras. Debía clavar las uñas allí, justo en el cruce perpendicular entre dos hebras, y entonces las burbujas hacían el resto. Era una cuestión de física pura que hacía que el elástico se desplazara sin dificultad.

Sin embargo, bien sabía Opus que canapear también tenía sus bemoles. A veces el barro se distribuía en una secuencia de circunvoluciones apelmazadas que le había tomado mucho tiempo elucidar. Recién ahora, después de afanosos años de experimentación y deducciones, había logrado interpretar el orden correcto en que debía canapear. Si el barro se ponía muy espeso, así era como debían ser las cosas: pasada la primer etapa de giros, había que canapear hasta cruzar el vórtice siguiente justo a ochenta grados, de allí seguir un poco hacia la izquierda, pasar de costado hasta la próxima zanja, continuar en paralelo hasta la siguiente huella, hasta toparse con el último surco que lo hacía girar sobre sí mismo tres veces. Todo esto permitía avanzar unos cuantos centímetros por día sin perder el control de la respiración ni disminuir la velocidad del canapeo en ningún momento. 

Mientras repetía el protocolo, colgado del entretejido, sintió el placer de saberse un experto.  Sabía que podía canapear absolutamente todos los caminos de barro existentes en el universo.  Podía recordar perfectamente cada uno de sus recovecos  Entendía todas las asociaciones entre caminos principales y secundarios y podía mapearlas mentalmente. Podía elucubrar horas sobre el entramado del elástico sin perder por un instante el equilibrio de su canapeo. 

En cambio, cuán distinta había sido la suerte de su hermano Opus Azar (esta familia usaba el apellido por delante nadie sabe bien por qué). Impaciente y atolondrado como pocos, Opus Azar se dejaba llevar por todos los avatares que esta mezcla espesa de agua con tierra le presentaba. Sin cuestionarse nada. Sin usar ningún elástico, quedaba sometido a los embates furibundos de  las tormentas más extremas. Volaba por los aires y aterrizaba en cualquier lugar. Para él todo era una cuestión física. Corporal. 

Hacía rato que había decidido no perder más tiempo. Cada vez que había intentado explicarle las ventajas de ir y volver siempre por el mismo camino, su hermano levantaba las cejas como si escuchara otro idioma imposible de comprender. Su hermano se salpicaba de barro. Se ensuciaba de tierra. Chapoteaba en los charcos que lo sorprendían por todos lados. Inútil explicarle todas las razones fundamentales, las ventajas accesorias o el valor agregado de aferrarse al elástico flotante.

Era evidente que su hermano tenía un serio defecto en su personalidad. Desde aquí podía reconocerlo perfectamente. Seguía empecinado en revolotear por ahí sin entender razones. Insistía en desafiar todas las leyes de la física. Como ahora. Estaba completamente decidido a jugar con ese par de alas nuevas que nadie sabía cómo le habían crecido. Insistía en jugar con las alas sin conocer las reglas más elementales subyacentes a su complejo mecanismo de funcionamiento. Simplemente las movía y no hacía otra cosa que sonreír. Con esa sonrisa irresponsable, casi grotesca, que siempre dibujaba en su cara cuando pasaba enfrente suyo. Como si fuera factible dejarse llevar por ese capricho de actuar sin entender demasiado. Como si fuera posible volar con sólo desearlo. 

martes, 25 de septiembre de 2012

Desacato



me subleva
la soberbia de la voz autoritaria
que se afirma en los pasillos
que vomita órdenes en cada esquina
que se acomoda una corbata lustrada
refugiada en una investidura planchada
con sus dientes brillantes de burocracia
con esa cara que nunca sabe nada
que se escapa
inválida
opaca
en el silencio agresivo
que se ahoga
con aire de superior      
y la mirada escondida
inquisidora
esclava

me sublevan
los que nunca fueron nada
y ahora sienten que son cuando  callan a los otros

me subleva
ese hombrecito
tan alto
tan práctico        
que vuela en memorándum
somete prolijo      
escondido en su despacho
ejerce sus límites
impone sus penas
expele amenazas
traga
transpira
el olor de su tiempo
hostilidad nauseabunda

me subleva
me subleva
me subleva

miércoles, 1 de agosto de 2012

Desespera


mi reloj cansado de esperar
como espera un libro cerrado     a la orilla del tiempo   
un cigarrillo encendido    una taza de café  
mi cenicero humeante de esperas
esperando a lo lejos  
              
si no fuera tan difícil dejar de esperar
si esta lluvia que se escurre entre mis dedos esperase más
como los cerezos
            que saben esperar sus flores blancas en primavera

siempre esperaría
                 esperaría de pie    a la orilla del río
                 esperaría para que se quede aquí        conmigo     

y que él me espere a mí    
sin decírmelo
con su sombrero de nubes     tranquilo
sin lastimarme
enredado en algún barrilete abandonado
enredado al costado de un camino        


en la copa de los árboles dormidos   
  
mis ojos quietos esperan
en la luz apagada del invierno
mi deseo de volar   
esperándolo
como el viento espera el torbellino
como un reloj cansado de esperar
como un libro cerrado en la orilla del tiempo   

sábado, 7 de julio de 2012

Sábado


Qué hubiera pasado si levantabas el teléfono. Escuchaste que sonó tres veces y estuviste a punto de atenderlo. Pero te quedaste en la cama. Te tapaste las orejas con la frazada para frenar el impacto de ese sonido que parecía perforarte los tímpanos. No tenías idea de quién podría ser tan temprano un sábado a la mañana. Si hubieras atendido, habrías conocido el nombre de ese impertinente dispuesto a interrumpir tu ritual de acomodarte el cuerpo antes de pisar este mundo. Porque vos necesitás tus tiempos. Tus huesos necesitan despertarse de a uno. Sin apuros. Vos sabías que podría haber sido alguien dispuesto a invitarte a almorzar, o a ir al cine. Alguien que hubiera podido romper la soledad de tu rutina de sábado. Por eso te quedaste en la cama, sin atender. A quién se le ocurre inmiscuirse en este estado de calma matinal que supiste conseguir después de tantos años de esfuerzo. Llevás más de veinte años despertándote todos los sábados a las diez y hasta acá todo bien. Todavía no sentís la plenitud pero esta tranquilidad es obra tuya. A las diez te vas a levantar para desayunar y darle agua a las plantas. En compañía de tu gato que te quiere sin maquillaje, sentís que el tiempo avanza despacio. Te abrazás a la almohada, entrecerrás los ojos y te acordás de aquellos tiempos cuando pensabas que la vida era dejarse llevar por imprevistos. Cuando las sorpresas te manipulaban y eras presa de emociones ingobernables. Entonces no hubieras dudado en atender el teléfono. Pero hoy, en la penumbra de tu habitación, te dejás llevar por esta quietud insobornable que te mantiene ahí, en la parálisis. Te quedás donde estás y dejás sonar el teléfono sin que se te mueva un pelo. Sentís que por fin estás como querías estar: aferrándote al último minuto antes de las diez. Sin perder este tiempo atesorado para vos. Y, aunque esto te produce una leve taquicardia, te toma sólo unos segundos regularizar tu respiración y volvés a tu equilibrio. El impulso de atender te ha abandonado por completo. Entonces anudás las piernas, juntas las rodillas y escondés la cabeza. Para no escuchar al contestador que atiende con la cordialidad de tu voz, y se empecina en recordarte que ahora vive la vida por vos.

miércoles, 9 de mayo de 2012

El alazanco


            En la mañana parece un hilo de luz en el horizonte. Por detrás de las mesetas. También se lo puede ver en los filos. Como si fuera una nube que protege las cumbres nevadas. Le gusta dormir arriba de las montañas. Se tapa la cara con sus alas plácidas, repletas de nervaduras nacaradas.

Al mediodía, el sol fuerte lo pone de mal humor. Se pone tan molesto que sus alas se quedan rígidas. Se convierten en zancos. Desea correr. Da unos pasos. Primero inseguro. Luego corre de manera frenética. Con los ojos desorbitados. Entierra los zancos a cada paso. Deja marcas profundas en el suelo. Pozos de treinta centímetros de profundidad que se llenan de agua cuando llueve. Se convierten en trampa mortal para una infinidad de insectos y otros animales pequeños. 

Espera la lluvia agazapado en el follaje. Los pájaros se espantan por el chasquido agudo que remolinea su garganta. Anticipa el festín. Mira con orgullo. Sus ojos destellan luz fosforescente mientras el agua ahoga a sus presas.

Cuando el último batir desesperado de patas y alas se detiene, desenrolla su lengua viscosa para saborear sus manjares predilectos. Limpia cuidadosamente cada una de sus pisadas. Remolinea de satisfacción por la matanza.

El sol comienza a esconderse detrás de los árboles. Sus zancos se despliegan en las alas que lo liberan. Lo llevan de vuelta a la cumbre. Para dormir temprano. Antes de que anochezca. Para olvidarse de esa angustia inexplicable que lo invade cada atardecer.