sábado, 7 de julio de 2012

Sábado


Qué hubiera pasado si levantabas el teléfono. Escuchaste que sonó tres veces y estuviste a punto de atenderlo. Pero te quedaste en la cama. Te tapaste las orejas con la frazada para frenar el impacto de ese sonido que parecía perforarte los tímpanos. No tenías idea de quién podría ser tan temprano un sábado a la mañana. Si hubieras atendido, habrías conocido el nombre de ese impertinente dispuesto a interrumpir tu ritual de acomodarte el cuerpo antes de pisar este mundo. Porque vos necesitás tus tiempos. Tus huesos necesitan despertarse de a uno. Sin apuros. Vos sabías que podría haber sido alguien dispuesto a invitarte a almorzar, o a ir al cine. Alguien que hubiera podido romper la soledad de tu rutina de sábado. Por eso te quedaste en la cama, sin atender. A quién se le ocurre inmiscuirse en este estado de calma matinal que supiste conseguir después de tantos años de esfuerzo. Llevás más de veinte años despertándote todos los sábados a las diez y hasta acá todo bien. Todavía no sentís la plenitud pero esta tranquilidad es obra tuya. A las diez te vas a levantar para desayunar y darle agua a las plantas. En compañía de tu gato que te quiere sin maquillaje, sentís que el tiempo avanza despacio. Te abrazás a la almohada, entrecerrás los ojos y te acordás de aquellos tiempos cuando pensabas que la vida era dejarse llevar por imprevistos. Cuando las sorpresas te manipulaban y eras presa de emociones ingobernables. Entonces no hubieras dudado en atender el teléfono. Pero hoy, en la penumbra de tu habitación, te dejás llevar por esta quietud insobornable que te mantiene ahí, en la parálisis. Te quedás donde estás y dejás sonar el teléfono sin que se te mueva un pelo. Sentís que por fin estás como querías estar: aferrándote al último minuto antes de las diez. Sin perder este tiempo atesorado para vos. Y, aunque esto te produce una leve taquicardia, te toma sólo unos segundos regularizar tu respiración y volvés a tu equilibrio. El impulso de atender te ha abandonado por completo. Entonces anudás las piernas, juntas las rodillas y escondés la cabeza. Para no escuchar al contestador que atiende con la cordialidad de tu voz, y se empecina en recordarte que ahora vive la vida por vos.