Qué
hubiera pasado si levantabas el teléfono. Escuchaste que sonó tres veces y
estuviste a punto de atenderlo. Pero te quedaste en la cama. Te tapaste las
orejas con la frazada para frenar el impacto de ese sonido que parecía
perforarte los tímpanos. No tenías idea de quién podría ser tan temprano un
sábado a la mañana. Si hubieras atendido, habrías conocido el nombre de ese
impertinente dispuesto a interrumpir tu ritual de acomodarte el cuerpo antes de
pisar este mundo. Porque vos necesitás tus tiempos. Tus huesos necesitan
despertarse de a uno. Sin apuros. Vos sabías que podría haber sido alguien
dispuesto a invitarte a almorzar, o a ir al cine. Alguien que hubiera
podido romper la soledad de tu rutina
de sábado. Por eso te quedaste en la cama, sin atender. A quién se le ocurre
inmiscuirse en este estado de calma matinal que supiste conseguir después de
tantos años de esfuerzo. Llevás más de veinte años despertándote todos los
sábados a las diez y hasta acá todo bien. Todavía no sentís la plenitud pero esta
tranquilidad es obra tuya. A las diez te vas a levantar para desayunar y darle
agua a las plantas. En compañía de tu gato que te quiere sin maquillaje, sentís
que el tiempo avanza despacio. Te abrazás a la almohada, entrecerrás los ojos y
te acordás de aquellos tiempos cuando pensabas que la vida era dejarse llevar
por imprevistos. Cuando las sorpresas te manipulaban y eras presa de emociones
ingobernables. Entonces no hubieras dudado en atender el teléfono. Pero hoy, en
la penumbra de tu habitación, te dejás llevar por esta quietud insobornable que
te mantiene ahí, en la parálisis. Te quedás donde estás y dejás sonar el
teléfono sin que se te mueva un pelo. Sentís que por fin estás como querías
estar: aferrándote al último minuto antes de las diez. Sin perder este tiempo
atesorado para vos. Y, aunque esto te produce una leve taquicardia, te toma
sólo unos segundos regularizar tu respiración y volvés a tu equilibrio. El
impulso de atender te ha abandonado por completo. Entonces anudás las piernas,
juntas las rodillas y escondés la cabeza. Para no escuchar al contestador que
atiende con la cordialidad de tu voz, y se empecina en recordarte que ahora
vive la vida por vos.