En la mañana parece un hilo de luz
en el horizonte. Por detrás de las mesetas. También se lo puede ver en los
filos. Como si fuera una nube que protege las cumbres nevadas. Le gusta dormir
arriba de las montañas. Se tapa la cara con sus alas plácidas, repletas de
nervaduras nacaradas.
Al mediodía, el sol fuerte lo pone de mal humor. Se
pone tan molesto que sus alas se quedan rígidas. Se convierten en zancos. Desea correr. Da unos pasos. Primero inseguro. Luego corre de
manera frenética. Con los ojos desorbitados. Entierra los zancos a cada paso.
Deja marcas profundas en el suelo. Pozos de treinta centímetros de profundidad
que se llenan de agua cuando llueve. Se convierten en trampa mortal para una
infinidad de insectos y otros animales pequeños.
Espera la lluvia agazapado en el follaje. Los pájaros
se espantan por el chasquido agudo que remolinea su garganta. Anticipa el
festín. Mira con orgullo. Sus ojos destellan luz fosforescente mientras el agua
ahoga
a sus presas.
Cuando
el último batir desesperado de patas y alas se detiene, desenrolla su lengua
viscosa para saborear sus manjares predilectos. Limpia cuidadosamente cada una
de sus pisadas. Remolinea de satisfacción por la matanza.
El sol comienza a esconderse detrás de los árboles.
Sus zancos se despliegan en las alas que lo liberan. Lo
llevan de vuelta a la cumbre. Para dormir temprano. Antes de que
anochezca. Para olvidarse de esa angustia inexplicable que lo invade cada
atardecer.