jueves, 11 de agosto de 2011

Amparo

Viví en un fundo cerca de Lautaro. Un pueblito a treinta kilómetros de la capital regional. Recién llegada me di cuenta que no había perros. Solamente dos pequeños que trajeron conmigo. Un hombre parecía dispuesto a cuidarnos. Con el tiempo me aquerencié al lugar.

A veces me alejaba de la casa porque me llamaban desde lejos. Todavía no entiendo bien por qué. Pero escuchar ese llamado a través del viento me despertaba un deseo irrefrenable de correr.

Hasta que un día alguien me tomó del cuello. Me encerró en un galpón y me ató con una cadena. No pude zafarme. Los dolores en el cuello se hicieron tan fuertes que dejé de sentir hambre o sed.

Pude escaparme una noche que sentí un tirón. Alguien se había llevado la cadena. Me deslicé como pude por debajo del alambrado y comencé a arrastrarme por el campo. Llegué al costado de un camino y allí no pude más. Decidí abandonarme en el hueco de un árbol.

Me sobresalté por el ruido de autos y una multitud de gente que me rodeaba. Un hombre me acariciaba mientras explicaba que me había encontrado moribunda al costado de la ruta. Decidieron adoptarme para que ayude a cuidar los autos. Al cabo de unos meses pude recuperar mis fuerzas y estuve en condiciones de trabajar. 

Fue entonces cuando apareció mi antiguo dueño. Me invadió una alegría tan grande cuando me llamó por mi nombre que corrí enseguida hacia él.

Cuando volvimos a casa pude comprobar que mis dos compañeros ya no estaban. Quedamos sólo él y yo para cuidarnos. Sobre todo en los días de viento. Cuando escucho otra vez esas voces. Y siento deseos de correr.

Entonces él me ata con la cadena. Sin decirme nada. Me deja sola y vuelve a sus cosas. Sin explicarme por qué.

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