martes, 25 de septiembre de 2012

Desacato



me subleva
la soberbia de la voz autoritaria
que se afirma en los pasillos
que vomita órdenes en cada esquina
que se acomoda una corbata lustrada
refugiada en una investidura planchada
con sus dientes brillantes de burocracia
con esa cara que nunca sabe nada
que se escapa
inválida
opaca
en el silencio agresivo
que se ahoga
con aire de superior      
y la mirada escondida
inquisidora
esclava

me sublevan
los que nunca fueron nada
y ahora sienten que son cuando  callan a los otros

me subleva
ese hombrecito
tan alto
tan práctico        
que vuela en memorándum
somete prolijo      
escondido en su despacho
ejerce sus límites
impone sus penas
expele amenazas
traga
transpira
el olor de su tiempo
hostilidad nauseabunda

me subleva
me subleva
me subleva

miércoles, 1 de agosto de 2012

Desespera


mi reloj cansado de esperar
como espera un libro cerrado     a la orilla del tiempo   
un cigarrillo encendido    una taza de café  
mi cenicero humeante de esperas
esperando a lo lejos  
              
si no fuera tan difícil dejar de esperar
si esta lluvia que se escurre entre mis dedos esperase más
como los cerezos
            que saben esperar sus flores blancas en primavera

siempre esperaría
                 esperaría de pie    a la orilla del río
                 esperaría para que se quede aquí        conmigo     

y que él me espere a mí    
sin decírmelo
con su sombrero de nubes     tranquilo
sin lastimarme
enredado en algún barrilete abandonado
enredado al costado de un camino        


en la copa de los árboles dormidos   
  
mis ojos quietos esperan
en la luz apagada del invierno
mi deseo de volar   
esperándolo
como el viento espera el torbellino
como un reloj cansado de esperar
como un libro cerrado en la orilla del tiempo   

sábado, 7 de julio de 2012

Sábado


Qué hubiera pasado si levantabas el teléfono. Escuchaste que sonó tres veces y estuviste a punto de atenderlo. Pero te quedaste en la cama. Te tapaste las orejas con la frazada para frenar el impacto de ese sonido que parecía perforarte los tímpanos. No tenías idea de quién podría ser tan temprano un sábado a la mañana. Si hubieras atendido, habrías conocido el nombre de ese impertinente dispuesto a interrumpir tu ritual de acomodarte el cuerpo antes de pisar este mundo. Porque vos necesitás tus tiempos. Tus huesos necesitan despertarse de a uno. Sin apuros. Vos sabías que podría haber sido alguien dispuesto a invitarte a almorzar, o a ir al cine. Alguien que hubiera podido romper la soledad de tu rutina de sábado. Por eso te quedaste en la cama, sin atender. A quién se le ocurre inmiscuirse en este estado de calma matinal que supiste conseguir después de tantos años de esfuerzo. Llevás más de veinte años despertándote todos los sábados a las diez y hasta acá todo bien. Todavía no sentís la plenitud pero esta tranquilidad es obra tuya. A las diez te vas a levantar para desayunar y darle agua a las plantas. En compañía de tu gato que te quiere sin maquillaje, sentís que el tiempo avanza despacio. Te abrazás a la almohada, entrecerrás los ojos y te acordás de aquellos tiempos cuando pensabas que la vida era dejarse llevar por imprevistos. Cuando las sorpresas te manipulaban y eras presa de emociones ingobernables. Entonces no hubieras dudado en atender el teléfono. Pero hoy, en la penumbra de tu habitación, te dejás llevar por esta quietud insobornable que te mantiene ahí, en la parálisis. Te quedás donde estás y dejás sonar el teléfono sin que se te mueva un pelo. Sentís que por fin estás como querías estar: aferrándote al último minuto antes de las diez. Sin perder este tiempo atesorado para vos. Y, aunque esto te produce una leve taquicardia, te toma sólo unos segundos regularizar tu respiración y volvés a tu equilibrio. El impulso de atender te ha abandonado por completo. Entonces anudás las piernas, juntas las rodillas y escondés la cabeza. Para no escuchar al contestador que atiende con la cordialidad de tu voz, y se empecina en recordarte que ahora vive la vida por vos.

miércoles, 9 de mayo de 2012

El alazanco


            En la mañana parece un hilo de luz en el horizonte. Por detrás de las mesetas. También se lo puede ver en los filos. Como si fuera una nube que protege las cumbres nevadas. Le gusta dormir arriba de las montañas. Se tapa la cara con sus alas plácidas, repletas de nervaduras nacaradas.

Al mediodía, el sol fuerte lo pone de mal humor. Se pone tan molesto que sus alas se quedan rígidas. Se convierten en zancos. Desea correr. Da unos pasos. Primero inseguro. Luego corre de manera frenética. Con los ojos desorbitados. Entierra los zancos a cada paso. Deja marcas profundas en el suelo. Pozos de treinta centímetros de profundidad que se llenan de agua cuando llueve. Se convierten en trampa mortal para una infinidad de insectos y otros animales pequeños. 

Espera la lluvia agazapado en el follaje. Los pájaros se espantan por el chasquido agudo que remolinea su garganta. Anticipa el festín. Mira con orgullo. Sus ojos destellan luz fosforescente mientras el agua ahoga a sus presas.

Cuando el último batir desesperado de patas y alas se detiene, desenrolla su lengua viscosa para saborear sus manjares predilectos. Limpia cuidadosamente cada una de sus pisadas. Remolinea de satisfacción por la matanza.

El sol comienza a esconderse detrás de los árboles. Sus zancos se despliegan en las alas que lo liberan. Lo llevan de vuelta a la cumbre. Para dormir temprano. Antes de que anochezca. Para olvidarse de esa angustia inexplicable que lo invade cada atardecer.

sábado, 21 de abril de 2012

La valija


Si no hubiera sido por su silencio la valija se cerraría sola. Si lo hubiera dicho. Pero no: la valija espera abierta. Verde, de estilo clásico, con cierre, rueditas y un candado pequeño. Un rompecabezas de libros acomodado en el fondo. Apuntes desordenados. Sobre éstos, la ropa imprescindible. Música de Jaime Roos, Luis Salinas y la Negra Sosa. Un corazón de papel garabateado de despedidas. Fotos familiares preparándose para viajar incómodas.

Pero faltaba algo. De entrada no lo encontré. Dimos vuelta todo. No hay ningún quedate. Revisamos la tapa. Acomodamos varias veces. Revisamos los bolsillos. Ningún te quiero. Ninguna promesa de venir. Ni siquiera en el bolsillo más pequeño.

La valija espera. Espera a que yo termine de acomodarla. Y yo la espero a ella. Quisiera que se acomode sola. Si no fuera porque no tengo ganas de irme seguramente se cerraría. Si no fuera porque hoy me voy. Si no fuera por su silencio empecinado…cómo me gustaría que dejáramos de esperar. Basta. Cerrémonos de una vez. Si no fuera porque ya no estoy aquí. Si hubieran sido sólo mis ojos los que se van. Si me diera vuelta. Si dejara de mirarla. Se cerraría sola. De una vez por todas.

Cuando llega la hora nos ayudan. Acomodan el último abrigo. Un poco más de música. Creen que extrañaré. Mi valija cerrada. ¿Volveremos pronto? No lo sé. Me agarra firme de la mano. Subimos al auto rumbo a Ezeiza. Hubiéramos esperado un poco más. Pero no vale la pena.

Un hombre espera en el andén


Sus pies, pegados al piso. Se agujerean. Se desarman. Se derriten. Tironean. Su rostro,  petrificado. Se desvanece en una mueca. Busca una respuesta. Su mirada, incierta. Se enreda en las vías. Se encarna de rabia. Dibuja su nombre en un papel. Hace un barquito. Lo tira en el charco. Va y viene delineando el reflejo del cielo. Gira. Se confunde en un torbellino. Con la punta del pie lo trae de vuelta. Lo rompe en mil pedazos que navegan solitarios en el viento de la espera. Ve la ventanilla que corre hacia él. Retuerce sus manos: ella espeja lentejuelas. Estrellas bordadas por otro. El andén arrastra su cuerpo hundido de celos. Anclado en el llanto. Mira el reloj. Piensa en el tiempo. Sus ojos corren hacia atrás. Sus párpados vibran en la dirección opuesta. Brota. Desea. Sueña que desaparezca. Que se la trague la tierra. Se saca los gritos que parasitan su estómago. Se revuelve el corazón. Le quita la ropa. Le arranca la piel. La destroza con cuidado. Traga saliva. Despega los pies. Camina. Se sube al tren. Divaga por el infierno cotidiano de su ausencia.

miércoles, 18 de abril de 2012

Cotidiano



El ochenta y cuatro a las cinco de la mañana camina empedrados. Se las ingenia para descifrar su recorrido entre calles que tanto se parecen. Los asientos viejos balancean espaldas dormidas. Los sueños de la noche, tan próxima todavía, se estiran a media luz. El colectivo con olor a encierro tirita vueltas hasta llegar a Constitución. El tiempo justo cuenta semáforos.

Al pisar la estación se imponen las corridas. A las seis sale el tren a La Plata. Sólo cinco minutos para sacar boleto ida y vuelta. Y hay que saltar para subir con el tren en movimiento. Para cazar un asiento en un vagón con luz y abrir los apuntes sin perder más tiempo.

El vagón avanza despacio mientras las ventanas se pintan de fucsia. El amanecer se escabulle entre murmullos que rezan el aparato digestivo de un camarón. Un boceto de la boca ventral cubierta de apéndices traquetea sobre las faldas. El invierno se filtra por una ventanilla rota. El viento vuela las hojas de una carpeta.

Pero su viaje dura poco. Un par de guantes sin dedos las traen rápido de vuelta. Se entremezclan con apuntes de otras materias. El viaje sigue. Imperturbable a todo.

Quilmes. Silbato. El tren se detiene La esperanza de conseguir asiento se acaba para los que subieron en Avellaneda. No baja nadie. Sube más gente. El camarón circula de mano en mano Ocurre ese instante irrelevante en que todos miran al tren. Arranca de vuelta. De la boca se pasa al esófago corto que desemboca en una amplia cámara cardíaca y una cámara pilórica posterior, más pequeña.

Seis y cuarenta. El tren se frena de golpe. Hay demora. Otra vez, como ayer, como antes de ayer,  como antes de antes de antes de antes de… A la siete, un silbato anuncia que arranca. Lagunas repletas de garzas pasan demasiado rápido como para poder identificarlas. Allá va la de pico amarillo y patas negras. Más lejos parecía volar una garza azulada.

El arribo a Berazategui se anuncia por altavoz. Falta poco para La Plata. No más de cuarenta minutos. El poco tiempo intima a prestar más atención al camarón.

El tren sigue repleto cuando el cartel de Hudson asoma por la ventana. En esta estación no para. El camarón tampoco. Este crustáceo detecta el alimento por quimio-recepción. Lo busca con sus receptores antenales. Y cuando lo encuentra lo degusta con los receptores presentes en pereiópodos y apéndices bucales. El andén desierto se esfuma como un vago recuerdo. Empieza a  correr el campo abierto. Un golpe seco debajo del piso. Siempre es mala señal. Nunca falta algún egoísta inoportuno que decide morir justo cuando todos estamos apurados. Pero no. Esta vez fue una vaca. El tren se detiene. Se frenan las copas de los árboles. A las siete y media anuncian que no seguirá. La vaca se desangra debajo del primer vagón descarrilado.

La angustia se descuelga de los estribos y cruza las vías para llegar a la avenida. El campo atravesado de cardos. Los pies empapados en los charcos. A las corridas.  Para hacer dedo en la banquina. Esperar que pase La Costera. Quizás pare. Quizás venga repleta y siga de largo.

A las nueve y media de la mañana, las caras de resignación llegan a la estación de La Plata. Cientos de personas en el andén. Todavía esperan.

La disyuntiva es hacer la cola para pedir el certificado, o seguir corriendo. Corre. Hasta llegar al Museo. Primero aparecen los Smilodon. Indiferentes, como siempre, al costado de las escalinatas.  Los escalones pasan de a dos. El atropello entre las cajas de las geodas que se acumulan en el pasillo abre la puerta del aula en la cara del profesor: "Ahí  llegan los del tren. Tarde. Como siempre".

Pero los ojos no hacen caso. Se acomodan rápido sobre la lupa. Para ver lo único importante: el camarón de cinco centímetros de longitud. La imagen de su cuerpo prolijamente destripado justifica la vida tal cual es: el despertador a las cuatro, para tomar el colectivo a las cinco, para llegar al tren de las seis, para entrar al práctico a las diez.