El ochenta
y cuatro a las cinco de la mañana camina empedrados. Se las ingenia para
descifrar su recorrido entre calles que tanto se parecen. Los asientos viejos balancean espaldas
dormidas. Los sueños de la noche, tan próxima todavía, se estiran a media luz.
El colectivo con olor a encierro tirita vueltas hasta llegar a Constitución. El
tiempo justo cuenta semáforos.
Al pisar la
estación se imponen las corridas. A las seis sale el tren a La Plata. Sólo
cinco minutos para sacar boleto ida y vuelta. Y hay
que saltar para subir con el tren en movimiento. Para cazar un asiento en un
vagón con luz y abrir los apuntes sin perder más tiempo.
El vagón
avanza despacio mientras las ventanas se pintan de fucsia. El amanecer se
escabulle entre murmullos que rezan el aparato digestivo de un camarón. Un
boceto de la boca ventral cubierta de apéndices traquetea sobre las faldas. El
invierno se filtra por una ventanilla rota. El viento vuela las hojas de una
carpeta.
Pero su
viaje dura poco. Un par de guantes sin dedos las traen rápido de vuelta. Se
entremezclan con apuntes de otras materias. El viaje
sigue. Imperturbable a todo.
Quilmes.
Silbato. El tren se detiene La esperanza de conseguir asiento se acaba para los
que subieron en Avellaneda. No baja nadie. Sube más gente. El camarón circula de mano en mano Ocurre ese instante irrelevante en que todos miran al
tren. Arranca de vuelta. De la boca se pasa al esófago corto que desemboca en una
amplia cámara cardíaca y una cámara pilórica posterior, más pequeña.
Seis
y cuarenta. El tren se frena de golpe. Hay demora. Otra vez, como ayer, como
antes de ayer, como antes de antes de antes de antes de… A la siete, un
silbato anuncia que arranca. Lagunas repletas de garzas pasan demasiado rápido
como para poder identificarlas. Allá va la de pico amarillo y patas negras. Más
lejos parecía volar una garza azulada.
El arribo a
Berazategui se anuncia por altavoz. Falta poco para La Plata. No más de
cuarenta minutos. El poco tiempo intima a prestar más atención al camarón.
El
tren sigue repleto cuando el cartel de Hudson asoma por la ventana. En esta
estación no para. El camarón tampoco.
Este crustáceo detecta el alimento por quimio-recepción. Lo busca con sus
receptores antenales. Y cuando lo encuentra lo degusta con los receptores
presentes en pereiópodos y apéndices bucales. El andén desierto se esfuma como
un vago recuerdo. Empieza a correr el campo abierto. Un golpe seco debajo
del piso. Siempre es mala señal. Nunca falta algún egoísta inoportuno que decide
morir justo cuando todos estamos apurados. Pero no. Esta vez fue una vaca. El
tren se detiene. Se frenan las copas de los árboles. A las siete y media
anuncian que no seguirá. La vaca se desangra debajo del primer vagón
descarrilado.
La
angustia se descuelga de los estribos y cruza las vías para llegar a la
avenida. El campo atravesado de cardos. Los pies empapados en los charcos. A
las corridas. Para hacer dedo en la banquina. Esperar que pase La
Costera. Quizás pare. Quizás venga repleta y siga de largo.
A las nueve
y media de la mañana, las caras de resignación llegan a la estación de La
Plata. Cientos de personas en el andén. Todavía esperan.
La
disyuntiva es hacer la cola para pedir el certificado, o seguir corriendo. Corre. Hasta llegar al Museo. Primero aparecen los Smilodon. Indiferentes, como siempre, al
costado de las escalinatas. Los escalones pasan de a dos. El atropello
entre las cajas de las geodas que se acumulan en el pasillo abre la puerta del
aula en la cara del profesor: "Ahí llegan los del tren. Tarde. Como
siempre".
Pero los
ojos no hacen caso. Se acomodan rápido sobre la lupa. Para ver lo único
importante: el camarón de cinco centímetros de longitud. La imagen de su cuerpo
prolijamente destripado justifica la vida tal cual
es: el despertador a las cuatro, para tomar el colectivo a las cinco, para
llegar al tren de las seis, para entrar al práctico a las diez.