miércoles, 7 de septiembre de 2011

La marumba

Se decía que la marumba llegaría del oeste. Algunos creían haber visto algo en esa dirección varias semanas atrás. Del otro lado del puente, cerca de las vías, se la podía sentir muy cerca.  Había logrado cruzar la autopista. No se sabía bien cómo. Pero el asfalto tenía todo el aspecto de haber sido pisado por la marumba.  

Había quienes aseguraban haberla visto en la fábrica abandonada. Parecía disfrutar de la luz de la tarde mientras dormía trepada al techo, abrazada a la chimenea. Dicen que trataron de convencerla para que se quedara allí donde no molestaba a nadie. Pero el intento había sido inútil. Ni bien despertó, se deslizó por las paredes y ocupó toda la calle que tomó el color de la marumba.  Inevitable.

Otros la vieron correr  por los cables de la luz. Colgarse de los semáforos. Sacudir furiosamente las copas de los árboles. También hubo un incendio en una plaza y varios presumieron que había sido ella.

Pensaron que al llegar al canal se detendría. Pero no. Era mentira aquello que se decía. No le tenía miedo al agua. Para nada.  Pronto se dieron cuenta. Se escuchaba un silbido en las cañerías. Los que sabían del tema podían reconocerlo. Se parecía mucho al canto de la marumba.

Entonces decidieron encerrarse. Se quedaron callados y quietos. Contuvieron sus risas y los llantos. Para no molestarla.

Pero la marumba entró igual. Se expandió hasta ocupar todo el espacio de ese lugar que le gustaba tanto. Allí donde el agua cambia de color. Donde el deseo se entrelaza con la razón. Se escucha el eco de su voz. En la mente de los hombres.


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