Corroído por los azotes del pasado
discurre partido en pedazos por el escabroso desfiladero. Deja caer su grito
zozobrante de ecos. Pensamientos
licuados entre sombras que lo llaman a reconocerse a sí mismo en el dolor
de su cuerpo sangrante y en el latir de su cráneo ofrecido al universo. Se
desgrana inspirado contra las rocas inmutables que quedarán como testigo único.
Impregnadas para siempre de sus recuerdos amados.
En la infinita soledad de su
partida deja entrever una rara valentía que jamás supo tener en vida. Es el último aliento
que lo acompaña hasta el río para un furioso bautismo. Mientras la vida redime
su sacrilegio en un junco de la orilla que se dobla por el viento. Cuando un
pájaro remonta vuelo y un abejorro visita otra flor.