martes, 30 de agosto de 2011

Domesticadores de sueños

Ya no me acuerdo cuándo decidimos soñarnos cada noche en un sueño distinto. Dudamos un poco al principio pero al final nos convencimos. Lo mejor era soñarnos. Nos soñaríamos solamente entre nosotros pero distinto cada vez. Comenzamos con la única promesa de soñarnos sin recuerdos del día. Nunca debe permitirse que lo mundano se intercale en los sueños domesticados. 

Al principio fue complicado porque los sueños que empezábamos a domesticar solían rebelarse, sin ningún aviso previo, en cualquier tipo de pesadilla. La última conversación de la cena, el olor del desayuno, alguna anotación en una agenda. Cualquier detalle cotidiano que nuestra mente desprevenida improvisara podía hacer que el mejor intento de domesticación desembocara en el espanto. 

Otro desafío fue aprender a circular entre otros soñadores. Nosotros, todavía inexpertos, teníamos que decidir, probar, medir, sentir el cielo que abarcaríamos hasta confirmarnos en el mismo sueño. Doblar un poco el sueño propio para que pudiera domesticarse a tiempo con el del otro. Apurarnos. Porque el tiempo para soñarnos nos alcanzaba justo antes de despertar.

Así seguimos, con mucha constancia, practicando durante varios años el arte noctámbulo de la domesticación. Sin desalentarnos, combatimos incansables la invasión nocturna de recuerdos inútiles que quería separarnos y hundirnos en el despertar. Hasta que, al final, el soñarnos funcionó. Hoy somos domesticadores de sueños. Y casi nos olvidamos del tiempo cuando andábamos despiertos.

jueves, 11 de agosto de 2011

Amparo

Viví en un fundo cerca de Lautaro. Un pueblito a treinta kilómetros de la capital regional. Recién llegada me di cuenta que no había perros. Solamente dos pequeños que trajeron conmigo. Un hombre parecía dispuesto a cuidarnos. Con el tiempo me aquerencié al lugar.

A veces me alejaba de la casa porque me llamaban desde lejos. Todavía no entiendo bien por qué. Pero escuchar ese llamado a través del viento me despertaba un deseo irrefrenable de correr.

Hasta que un día alguien me tomó del cuello. Me encerró en un galpón y me ató con una cadena. No pude zafarme. Los dolores en el cuello se hicieron tan fuertes que dejé de sentir hambre o sed.

Pude escaparme una noche que sentí un tirón. Alguien se había llevado la cadena. Me deslicé como pude por debajo del alambrado y comencé a arrastrarme por el campo. Llegué al costado de un camino y allí no pude más. Decidí abandonarme en el hueco de un árbol.

Me sobresalté por el ruido de autos y una multitud de gente que me rodeaba. Un hombre me acariciaba mientras explicaba que me había encontrado moribunda al costado de la ruta. Decidieron adoptarme para que ayude a cuidar los autos. Al cabo de unos meses pude recuperar mis fuerzas y estuve en condiciones de trabajar. 

Fue entonces cuando apareció mi antiguo dueño. Me invadió una alegría tan grande cuando me llamó por mi nombre que corrí enseguida hacia él.

Cuando volvimos a casa pude comprobar que mis dos compañeros ya no estaban. Quedamos sólo él y yo para cuidarnos. Sobre todo en los días de viento. Cuando escucho otra vez esas voces. Y siento deseos de correr.

Entonces él me ata con la cadena. Sin decirme nada. Me deja sola y vuelve a sus cosas. Sin explicarme por qué.

martes, 9 de agosto de 2011

Amor sin respiro


Cuando el frío se desliza entre mis vértebras y empiezo a temblar frente a tu voz me propongo cambiar para dejar de sentirte tan mío y no sentirme tan tuya aunque se que mañana volveré a repetir este ritual cuando te vea entrar distante en tu frialdad e igual que hoy me propongas algo tan simple como una taza de té que probaré guardando para mí esta sensación única de saber que otra vez estás ahí y yo acá sin poder tocarte u olerte pero con este deseo tan profundo de huir y escaparme para siempre de tu lado.