Ya no me acuerdo cuándo decidimos soñarnos cada noche en un sueño
distinto. Dudamos un poco al principio pero al final nos convencimos. Lo mejor
era soñarnos. Nos soñaríamos solamente entre nosotros pero distinto cada vez. Comenzamos
con la única promesa de soñarnos sin recuerdos del día. Nunca debe permitirse
que lo mundano se intercale en los sueños domesticados.
Al principio fue complicado porque los sueños que empezábamos a
domesticar solían rebelarse, sin ningún aviso previo, en cualquier tipo de
pesadilla. La última conversación de la cena, el olor del desayuno, alguna
anotación en una agenda. Cualquier detalle cotidiano que nuestra mente
desprevenida improvisara podía hacer que el mejor intento de domesticación
desembocara en el espanto.
Otro desafío fue aprender a circular entre otros soñadores. Nosotros,
todavía inexpertos, teníamos que decidir, probar, medir, sentir el cielo que
abarcaríamos hasta confirmarnos en el mismo sueño. Doblar un poco el sueño
propio para que pudiera domesticarse a tiempo con el del otro. Apurarnos.
Porque el tiempo para soñarnos nos alcanzaba justo antes de despertar.
Así seguimos, con mucha constancia, practicando durante varios años el
arte noctámbulo de la domesticación. Sin desalentarnos, combatimos incansables
la invasión nocturna de recuerdos inútiles que quería separarnos y hundirnos en
el despertar. Hasta que, al final, el soñarnos funcionó. Hoy somos
domesticadores de sueños. Y casi nos olvidamos del tiempo cuando andábamos
despiertos.