Como le habían prohibido pasar más
allá del vestíbulo, allí estaba, agazapada en el alféizar de la ventana del
comedor. Es difícil aventurar qué hubiera pasado si aquella prohibición no
hubiera sido tan tajante. Pero su familia es muy estricta. Y una cosa lleva a
la otra.
Su estatura le impedía ver más allá
del respaldo de las sillas. Pero no importaba. Le parecía divertido el vuelo de
las bandejas con manjares que se pasaban de mano en mano. Sentía que podía
pasarse horas en la ventana. Se quedaría allí con su oreja pegada al vidrio
hasta descifrar toda la liturgia de esa fiesta de mujeres sin marido: El
cumpleaños de su bisabuela.
Un murmullo, interrumpido cada tanto
por risas, le obligaba a agudizar el oído. Pero el esfuerzo bien valía la pena.
Parecía ser que la bisabuela había sido capaz de hacer crecer
deditos en una de sus cincuenta macetas. Deditos misteriosos. Decían que eran deditos de Dios. Qué bueno
sería llenar de dedos todos los rincones del mundo.
Se podría empezar por este jardín,
pensó. Porque allí están. Son esos racimos verdes que desbordan de la maceta
roja. Gorditos. Turgentes. Los partís y sale agüita. Los aplastás y te chorrean
los dedos. Fáciles de cortar. Empujás con tu dedo la tierra para hacer un
lugar. Cortás un dedito. Lo metés en el hueco. Y así vas llenando todo.
Deshojás la planta para llenar el mundo de dedos. Uno en cada maceta
del pasillo. Y después, el cantero. Todo el borde lleno de deditos. Y ya se ve
el tallo pelado de la planta que los acaparaba.
Ahora hay un dedo en casi todos los
rincones de este jardín, al cuidado de cada una de las otras plantas. A veces
plantado prolijo. Otras veces aplastado. Pero no importa. Porque podemos ir a
buscar más.
Al final de la fiesta, cuando la
bisabuela salga al patio para mostrar la planta nueva a sus amigas, nos
esconderemos. Atrás del helecho. No importa que grite y ponga los ojos del
diablo cuando no encuentre a su planta favorita. Porque los dedos ya están por
todos lados. Y aunque la bisabuela llore y despotrique contra nosotras pronto
no habrá lugar en el mundo que no tenga su dedo propio.