Declararon la batalla. Él la despeinó con desenfado para provocarla. Amasó su cuerpo con fruición hasta que ella sintió que desmayaba. Derretida entre sus piernas, dejó chorrear su desnudez. Cuando empezó a sentir que estaba a punto de perderse, lo tentó con sus ojos para que él sintiera el deseo de saborearla.
Él se la tomó de a tragos. Sin prisa. Entonces ella aprovechó para abordarlo despacio: recorrió sus pulmones, caminó sus arterias, viajó colgándose de sus vértebras. Llegó a esconderse dentro de su ombligo casi sin que él se diera cuenta.
Entonces salió por todos los poros de su piel y se enroscó alrededor de su cadera. Lo apretó con fuerza. Lo retuvo inmóvil. Cuando estuvo segura de ganar la batalla viajó hasta ese lugar que le faltaba conocer: su mente. Lo obligó a rendirse y él no tuvo otra opción que llevarla consigo para siempre. No importa a dónde fuera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario