Sus pies, pegados al piso. Se agujerean. Se desarman. Se derriten. Tironean.
Su rostro, petrificado. Se desvanece en
una mueca. Busca una respuesta. Su mirada, incierta. Se enreda en las vías. Se
encarna de rabia. Dibuja su nombre en un papel. Hace un barquito. Lo tira en el
charco. Va y viene delineando el reflejo del cielo. Gira. Se confunde en un
torbellino. Con la punta del pie lo trae de vuelta. Lo rompe en mil pedazos que
navegan solitarios en el viento de la espera. Ve la ventanilla que corre hacia
él. Retuerce sus manos: ella espeja lentejuelas. Estrellas bordadas por otro. El
andén arrastra su cuerpo hundido de celos. Anclado en el llanto. Mira el reloj.
Piensa en el tiempo. Sus ojos corren hacia atrás. Sus párpados vibran en la
dirección opuesta. Brota. Desea. Sueña que desaparezca. Que se la trague la
tierra. Se saca los gritos que parasitan su estómago. Se revuelve el corazón.
Le quita la ropa. Le arranca la piel. La destroza con cuidado. Traga saliva.
Despega los pies. Camina. Se sube al tren. Divaga por el infierno cotidiano de
su ausencia.
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